Unos días antes de volver a Buenos Aires, y luego de atravesar la marea del 8 y 9 de marzo en Santiago de Chile, Las12 entrevistó a Alondra Carrillo y Javiera Manzi, las voceras a cargo de La Coordinadora Feminista 8M de Santiago, para conversar sobre lo que fue ese momento histórico que movilizó a más de dos millones de mujeres y diversidades, y sobre la situación del país frente a la pandemia del coronavirus. Estas jóvenes feministas que se ocuparon de llevar adelante una de las marchas más multitudinarias de la historia del país, son también las organizadoras de ese “cuerpo en constante movimiento” que es el día a día de La Coordinadora, atravesadas ahora por el desafío del plan de emergencia feminista "Nuestro cuidado sobre sus ganancias", que denuncia el accionar del gobierno chileno en la crisis sanitaria y propone estrategias colectivas de cuidados. De qué se trata LCF 8M, cómo se sostiene, cuál es su agenda y qué lectura hace de la revuelta social de octubre en relación a las necesidades del movimiento feminista chileno, son algunas de las cuestiones que se dialogaron en el Centro Social y Librería Proyección, espacio emblemático donde se tejen las asambleas y alianzas feministas que desembocan en ese torrente infinito de cada 8M.

¿Cómo es la situación que están viviendo en Chile con el coronavirus?

-Alondra Carrillo: La forma en que el Gobierno ha enfrentado la crisis sanitaria y la pandemia ha sido a través de un absoluto desprecio por la vida, el cuidado y la salud de las amplias mayorías y la de todas las personas empobrecidas de nuestro país. Las medidas que fueron anunciadas, tanto en materia sanitaria como económica, tienen como único propósito salvaguardar las posibilidades de las empresas para que los mega ricos puedan seguir asegurando sus ganancias. Y esto hace que permanezca la incertidumbre en la mayor parte de la población, especialmente en el porcentaje elevadísimo que vive del trabajo informal. Las medidas son absolutamente insuficientes, estamos en una situación sumamente crítica, donde todas las organizaciones sociales y de profesionales están exigiendo la cuarentena total inmediata, pero el Gobierno se sigue negando a hacerlo.

¿Cuál es entonces el verdadero propósito de declarar el “Estado de Emergencia”?

Javiera Manzi: -Esa medida sirvió para dar vía libre a que los militares salgan a la calle otra vez, y también ha tenido dos funciones: higienizar políticamente la ciudad, es decir, limpiar todos los rastros de la revuelta, y asegurar la cadena de mando del Estado que hoy está tan frágil. No tenemos que olvidar que, además del coronavirus, estamos viviendo una crisis social gravísima, con un recrudecimiento del autoritarismo por parte del Gobierno y en el contexto de un claro terrorismo de Estado.

¿Qué medidas está tomando La Coordinadora Feminista 8M ante esta situación?

J.M.: -Estamos preocupadas por cómo va a seguir desarrollándose todo esto, por eso elaboramos un plan de emergencia feminista que nos llamamos a defender a través de una huelga productiva. Lo estamos articulando a nivel nacional y plurinacional, y la consigna es "Nuestro cuidado sobre sus ganancias". La idea es denunciar la actitud del Gobierno empresarial respecto de la crisis, e incluye una serie de medidas para las mujeres, niñas, niñes y disidencias de género que se hallan en ese contexto, como por ejemplo que las trabajadoras puedan suspender sus labores presenciales y trabajar desde el hogar, condiciones mínimas de salubridad para los trabajadores de la salud, del transporte y de la provisión; que los presos y presas políticas de la revuelta puedan cumplir  estas medidas cautelares en su hogar y también la suspensión total del pago de todas las deudas/dividendos por seis meses.

El estallido social de octubre siguió expandiéndose con mucha potencia a lo largo de estos meses hasta transformarse en una revuelta popular permanente. ¿Qué lectura hacen de este momento?

J.M.: -Nosotras vemos al estallido social, en primer lugar, como un momento destituyente. Hasta hace poco, Chile se caracterizaba por exportar una imagen de oasis económico y político, pero la crisis global del neoliberalismo ha calado aquí muy fuerte. Estamos hablando de uno de los únicos países en el mundo que tiene, por ejemplo, el agua privatizada con, además, uno de los niveles más altos de desigualdad. La gente se endeuda para comer, y hasta el pan se compra con crédito. Junto con eso, la naturalización de la privatización total, la financiarización de los derechos y el sistema de pensiones, que había sido otro de los hitos de movilización anteriores al estallido. Todas esas cuestiones marcan las causas principales del fenómeno que estalla como un proceso destituyente, de desnaturalización total de esas condiciones de vida. En segundo lugar hablamos de un proceso constituyente, en el sentido de que, por primera vez, las movilizaciones estudiantiles ya no se abocan solamente al problema de la educación o al pase escolar, sino que intentan abarcar toda la problemática de la sociedad. Por eso también los adultos mayores apoyaron tanto la movilización, porque lo que se empieza a dar es un fenómeno recíproco de solidaridad, y eso fue algo que cambió radicalmente la política del quiebre del tejido social que se venía llevando a cabo hasta antes de la revuelta.


Y el miedo de Piñera al ver esta lucha compartida fue tan grande que tardó apenas ocho horas en sacar a los militares a la calle...

J.M.: -Así es, la única respuesta del Gobierno fue la represión. Policía militarizada reprimiendo a menores de edad de una manera brutal, con una violencia política inaudita en un contexto democrático hasta ese momento en Chile. El relato del “Nunca más” se quebró, y ahí apareció lo imperdonable. Mucha gente que no hubiera salido si los militares no lo hacían, empezaron a salir a la calle, y ahí hubo también otro punto de unión: “Militares no”. Y las paredes de Santiago, una ciudad siempre tan higienizada, empezaron a llenarse de rayados donde la palabra “No” aparece constantemente: no más abusos, no más AFP, no más femicidios, no más esta vida. Esa potencia de la política de la negatividad fue un destape muy importante que nosotras también leímos en clave feminista, porque poder insistir con lo que no queremos hace que también aparezca una afirmación de lo que somos. Y en este proceso de constituirnos, la regeneración del tejido social se dio de una manera muy rápida, porque las asambleas territoriales se empezaron a multiplicar en esos días como actores que no existían en Chile desde hace muchísimo tiempo.

¿Cuál les parece que podría llegar a ser la salida más favorable para las mayorías en este momento de quiebre y transición?

J.M.: -Eso es algo que todavía está en curso. Y parte de lo que se ha habilitado estos meses de revuelta, es una confianza que empieza a existir por fuera del lugar que hasta entonces se les otorgaba a los políticos profesionales, a quienes se les delegaba la responsabilidad de tomar decisiones sobre la vida del país. De un momento a esta parte, lo que aparece mediante las asambleas territoriales, los cabildos y los distintos espacios de regeneración del tejido social, es la certeza de que es ahí donde habita la posibilidad de decidir las políticas del cuidado territorial y no en otra parte. Esto es muy interesante porque acá existía un gran acostumbramiento clientelar, tecnocrático, donde siempre estaba presente la figura de los “expertos”, y donde siempre fueron otros quienes proveyeron todas las respuestas.

Algo que se ve en toda la sociedad chilena desde la revuelta, es un gran descreimiento hacia todos los partidos políticos existentes.

A.C.: -Sí, hoy día es en las calles donde se vive un contexto de altísima politización popular y transgeneracional. Y también un proceso de aprendizaje y de una gran imaginación política, porque lo que está en curso es la posibilidad de imaginar otras formas de hacer política frente a este gravísimo contexto de terrorismo de Estado, que está amenazando permanentemente nuestras vidas. Otra cuestión interesante es que, por parte de todos los sectores políticos que están ahora en el poder, se está dando un negacionismo transversal de la revuelta social y del terrorismo de Estado, porque lo que plantean es que lo que hay hoy en Chile en realidad no es un terrorismo de Estado, sino “un escenario de agitación social y un desborde de la policía”.

J.M.: -También la mirada destituyente ha sido censurada por todos los sectores del Estado y se ha puesto el énfasis solamente de manera unilateral en el carácter constituyente, pero en un sentido muy acotado, porque el cambio que se pretende hacer ahora es un cambio constitucional, y no constituyente, en el sentido más general de horizontes políticos de vida.

Otra cuestión notable tiene que ver con la búsqueda de una horizontalidad en los sectores de poder. La figura de liderazgo pareciera haber perdido valor. ¿La Coordinadora Feminista 8M forma parte de esa búsqueda?

J.M.: -El hecho de estar imaginando otras formas de hacer política genera que el proceso sea lento, pero por supuesto que ya está primando mucho más que antes la necesidad de una horizontalidad. Y abre una pregunta que tiene que ver con la representatividad: ¿Cuál es la mejor manera de representar estos nuevos espacios que recién están construyéndose? Es algo que también estamos poniendo en discusión en todos los espacios en los que participamos.

A.C.: -La Coordinadora es horizontal o al menos busca serlo. Nosotras, por ejemplo, somos voceras, pero cada una participa de una asamblea territorial, y muchas de las personas que participan de La Coordinadora hacen lo mismo. Eso a su vez lleva a otra instancia que tiene que ver con lo que llamamos “la revuelta de la revuelta”, la revuelta feminista dentro de esta revuelta social. Ahí, todas esas cosas se empiezan a conectar de manera natural.

¿Cómo se retroalimentan la revuelta social y el feminismo? ¿El movimiento feminista fue uno de los motores del estallido?

A.C.: -Fue un antecedente de la posibilidad de imaginar una política independiente respecto del Estado. Es imposible entender las claves que organizan la revuelta de manera práctica sin mirar el contenido político del 8M del año pasado, que fue una gran crítica transversal a quienes han administrado y precarizado la vida de la sociedad chilena en estos últimos años. Y eso es algo que aparece después también en la revuelta. Esa diferencia volvió a ubicar al feminismo como una potencia que va mucho más allá de todos los sectores que pretenden hablar en su nombre.

J.M.: -La transversalización del feminismo dentro de los movimiento sociales también fue algo muy importante. Estuvimos en comités de trabajadoras sindicalistas, con las luchadoras socioambientales, en espacios de lucha educacionales, de derechos humanos, y más, con la idea central de abrir la pregunta de los feminismos y de empezar a pensarlos realmente a través de una perspectiva transversal. Y también, si hablamos de la relación entre el feminismo y la revuelta, no podemos dejar de mencionar a “Las Tesis”, porque ese acontecimiento marcó un antes y un después en el estallido social.

¿Cómo ven ustedes el tema de la autodefensa en la revuelta?

A.C.: -Es muy interesante, en Chile en general y en Santiago en particular, especialmente en el contexto de la Plaza de la Dignidad, por ser un ícono de la movilización y de la represión. En la conjunción entre esas dos voluntades aparece una especie de barrera que llamamos “la primera línea”, un fenómeno social nuevo que está pública y transversalmente validado por todo el mundo, más allá de lo que digan los sectores más reaccionarios. Existe para defendernos y para permitir la movilización, y esa caracterización permite reconocer lo que es autoorganización, porque la primera línea la conforman personas de carne y hueso que están poniendo el cuerpo por otros cuerpos.

¿Quiénes conforman “la primera línea”? ¿Existe una primera línea feminista?

J.M.: -Puede estar cualquier persona, y eso es lo más bonito. Hay jóvenes, niños, niñas, adultos mayores, viudos, personas que perdieron a sus hijos. Generalmente son sectores populares precarizados que vivieron la violencia del Estado a lo largo de sus vidas. Muchos de los relatos que aparecen cuando se les pregunta el motivo por el cual están ahí, tienen que ver con haber vivido la dictadura o con muertes muy cercanas de personas en ese momento. Por eso ellxs van a cuidar a las y los jóvenes que se manifiestan ahora, porque no quieren de ninguna manera que vuelva a suceder lo mismo. Hay mujeres, aunque por supuesto las han negado, como pasa siempre. En esta primera línea aparece la idea de una “política del cuidado”, porque es concretamente una forma de cuidarse de la represión policial. Y esa dimensión de que quien nos cuida sea el mismo pueblo es algo poderosísimo, porque genera que se replique a la inversa: la manifestación también cuida a la primera línea mediante otra red integrada en su totalidad por mujeres, “las mamás de la primera línea”. Sin ser estrictamente sus madres, han ido tomando distintas tareas de cuidados y contenciones significativas y potentes.

¿Cómo se organiza la coordinadora 8M ?

A.C.: -La Coordinadora es una especie de cuerpo en movimiento: todo el tiempo está cambiando y se están creando espacios para hacerse cargo de nuevas tareas y trabajos. Hay instancias de reunión, como asambleas internas y asambleas abiertas, y tiene algunas comisiones que la sostienen en términos de infraestructura, como Comunicaciones, Finanzas, Secretaría, y comisiones de articulación plurinacionales y de vinculación. Vivimos de la autogestión. Y también tenemos comités, muchos seguirán existiendo, porque si bien para nosotras la huelga general feminista tiene su momento de expresión en estas jornadas masivas, es un proceso que se va desarrollando y está antecedido por todo este trabajo.

Las demandas más urgentes del movimiento feminista en la Argentina son la legalización del aborto y la lucha contra los femicidios y transfemicidios. ¿Cuáles son las cuestiones más urgentes del feminismo chileno?

A.C.: -Acá también tenemos como prioridad esas cuestiones, y además estamos desarrollando una agenda con un programa de transformación social radical que hasta el momento tiene 16 ejes. Estamos construyendo un feminismo transfeminista, y eso repone la idea de un feminismo antirracista y popular que se levanta en las organizaciones sociales. La lucha contra el terrorismo de Estado, contra las formas de violencia patriarcal de la precarización de la vida, por una asamblea constituyente efectiva, libre, soberana, feminista plurinacional y popular, son cuestiones que están dentro de ese programa junto con las luchas que mencionas, y que son algunos de los núcleos subjetivos más potentes, enlazados con estos espacios de lucha y de trabajo.