Un niño en un pequeño pueblo patagónico aprovecha que se queda solo en su casa y se prueba un camisón de su madre. Se pinta los labios. Baila. Luego se mira al espejo y disfruta de verse: está en otra dimensión. Planea cambiarse antes de que sus padres vuelvan de llevar a su hermanito al médico. Pero en su ensoñación, lo sorprende el motor del auto ya estacionando. 

Tal vez fue esta escena que atormentó a su madre, la que la llevó a someter a su hijo durante varios meses a un tratamiento de inyecciones de testosterona –en tiempos en que la OMS definía a la homosexualidad como una enfermedad– para volverlo varón, más macho, y borrar sus rasgos de femineidad. 

Este es el puntapié de Testosterona, una obra performática y autobiográfica, protagonizada por el periodista y escritor Cristian Alarcón y dirigida por la actriz y dramaturga Lorena Vega que nace de ese trauma infantil y empuja los bordes de la no ficción: es teatro, es danza, es biodrama, es videoarte, es universo sonoro. 

“La obra abre a partir de un episodio concreto de la vida de alguien, la reflexión sobre los condicionamientos y los adoctrinamientos, sobre cómo debemos ser. Es una reflexión sobre la libertad en la elección de cómo queremos ser”, destaca Vega en diálogo con Página/12. El espectáculo se estrenó en febrero en el Teatro Astros y se puede ver el próximo jueves y los lunes de marzo.

Multifacética, talentosa, Vega se reparte entre la actuación en “Imprenteros de Lorena Vega y hermanos”, “La Vida Extraordinaria” (El Picadero) y “Las Cautivas” (Metropolitan) –que en abril desembarca en Madrid– y la dirección de Precoz (El Picadero) y ahora Testosterona (Astros). La obra, que escribió junto a Alarcón –director de la Revista Anfibia–, es una apuesta a la innovación estética y narrativa. Además habla sobre la identidad, la mirada biomédica y social hacia las disidencias sexuales, la desobediencia de un cuerpo que crece, migra y quiere probarlo todo, las terapias de conversión --que también aplican los nazis con la excusa de sumar soldados a sus ejércitos-- y los modos de gestionar las masculinidades urbanas contemporáneas.

En una entrevista con este diario, Vega cuenta sobre el proceso creativo que la unió al ganador del premio Alfaguara de novela 2022 con “El tercer paraíso”, de los desafíos de dirigirlo en un escenario y de la búsqueda de otras formas teatrales de narrar.

–¿Cómo te involucraste en el proyecto de Alarcón?

–Me atrajo Cristian mucho. Es una persona muy cautivante, tiene una vida muy rizomática, muy ramificada. Me gusta indagar en las subjetividades y por mi profesión de actriz, de directora, incluso de escritora; siempre los comportamientos humanos me son todo un misterio y una atracción. En ese sentido, Cristian es alguien muy especial, ha vivido muchas vidas en un solo cuerpo, mutó muchas veces. Es fascinante. Antes de conocerlo, su tarea como periodista me llamaba mucho la atención, entonces ya tenía como una previa de mucho interés y de mucha fascinación con la Revista Anfibia, por la forma en la que abordan los temas sociales.

La dupla se armó cuando Alarcón le propuso sumarse al Laboratorio de Periodismo Performático, un espacio de Anfibia que busca producir narrativas interdisciplinarias, en el cruce entre la investigación periodística o académica y las distintas ramas del arte. Después de ver Imprenteros, algo más de tres años atrás, Alarcón le propuso a Vega ser la tutora de este proyecto donde él quería contar su propia historia. “Recibí la propuesta con mucha sorpresa, como un honor. Estaba muy nerviosa de sumarme a ese espacio tan pensante”, cuenta.

–¿Qué te aportó?

–Me sirvió mucho para revisar algo personal en relación al periodismo porque la verdad es que cuando yo entré a la UBA, primero me anoté en Comunicación. O sea, tenía mucho interés por lo periodístico, había tenido una experiencia también independiente de hacer un programa en canales alternativos en los ‘90 sobre espectáculos y arte, con notas, entrevistas. Lo habíamos hecho con un grupo de amigas y amigos, entonces no me era ajeno. Pero los años me fueron llevando a estar más en el territorio del teatro y después también del cine. Fue como una vuelta y un redescubrir que había en mí un germen vinculado con eso. En el trabajo con Cristian se aúna todo: no solo escénico, la investigación, el espectáculo, pero también la entrevista, lo poético. Lo escuché mucho.

Vega y Alarcón trabajaron tres años en Testosterona. “Estos trabajos de tanta investigación y tan profundos nunca sabés dónde empiezan. Cristian seguro que empezó mucho antes y parte de su libro “El tercer paraíso”, que está citado en la obra, y que es inspiración para la perfo, tiene su gestación mucho tiempo antes, mucho más allá de lo que él es consciente”, apunta Vega.

–Tomás de la directora de teatro Vivi Tellas el concepto de los sujetos como archivos. En Testosterona como en Imprenteros, se destaca esa búsqueda de lo más íntimo, tan personal, para revelarlo en un escenario ¿Cómo hicieron ese recorrido?

–-Me gusta la idea del archivo mutante, porque todo el tiempo son relecturas de nuestra propia memoria y de cómo esa memoria va dialogando con el presente. Con el interés de bucear en eso que dentro nuestro no está iluminado, que está oscuro, que parece que está en un cajón guardado, arrumbado como detrás de los muebles que se ven. El trabajo de tirar de la cuerda para mover esos muebles y que aparezca eso que estaba ahí escondido, me parece fascinante. No me sorprende porque he visto muchas veces cómo se revelan cosas de lo más íntimo, de nosotras, de nosotros. A la vez presenciar eso es un fenómeno muy conmovedor, muy mágico y vuelve a sorprender. ¿Entendés lo que te digo? O sea, ya sé que eso sucede y a la vez cuando sucede, no deja de impactarme la fuerza que tiene poder indagar en nuestra propia historia y que así aparezcan cosas que estaban silenciadas, olvidadas, trabadas, y que cuando encuentran la luz, lo que hacen es ponernos en otro lugar, volver a modificar nuestra propia narrativa que a veces se enquista, se queda como trabada en un lugar, y a veces nos narramos algo de nosotras mismas que quizás ya mutó, que ya no está así, que no está actualizado. Es como renovarle el agua a las plantas, permite que haya un nuevo florecer. Así fuimos trabajando. El trabajo escénico como yo lo entiendo es un trabajo poético, que tiene una dimensión técnica muy concreta, muy específica, que hay que conocerla porque si no las cosas no salen bien, pero también se trabaja con la esfera de lo emocional. Ese es un aspecto más de nuestro trabajo, el territorio de lo sensible, las emociones. Las pienso como notas musicales, pero hay que conocerlas, entenderlas, son un material ultra frágil y delicado. Y por supuesto, eso en el marco de lo técnico hace una combustión que tiene que generar la poética. Es difícil, es una cosa muy compleja, hacerla bien hace que asistas casi a un acto mágico y hacerla mal puede ser el embole mayor de tu vida, esas obras de teatro donde queremos salir corriendo. Entregué siempre en mi vida como una escala de vida o muerte para que las obras puedan tocar ese vibrato. Intento lograrlo siempre, es difícil, pero bueno, se me va la vida en eso, eso es cierto.

–En Testosterona lográs que Alarcón por momentos actúe, aunque no es actor, que baile, aunque no es bailarín… ¿Cómo fue parar a un periodista y escritor en el escenario?

–Cristian fue una persona absolutamente entregada a este proyecto, con toda la humildad de alguien que se arroja a un territorio desconocido, pero también a uno que él valora, respeta y que admira. Su disposición fue fundamental y su confianza en mí también, porque le preguntaba cosas de su historia que a veces no eran sencillas de abordar y sin embargo, él abrió su archivo íntimo. Eso también fue importante: no tenía resistencia con eso. Es una obra que reflexiona sobre la corporalidad, se trabajó con su cuerpo, con lo que su cuerpo dice. Cuando él baila, por ejemplo, él no tiene que bailar como no sé quién, él tiene que bailar como baila él, como baila su cuerpo, como su cuerpo en ese momento lo está vibrando. Y así cada cosa, es su voz, es su ser el que tiene que estar ahí, no hay que ir a una imagen de ninguna otra cosa. Y la verdad es que en estos materiales, cuanto más genuino mejor y cuanto más es él ahí, más vivo está el material, más honesto es.

El relato articula varias líneas: lo autobiográfico, la investigación periodística que él está haciendo a partir de lo que narra que le sucedió, una reflexión respecto de la botánica y del medio ambiente, que también se va trenzando con los temas anteriores…

Son decisiones dramatúrgicas que tomamos de cómo administrar todo ese relato y ese recorrido, pero siempre tiene que estar él con lo que va rebotando sensiblemente de lo que le va pasando. Así como a todo el mundo le pertenece jugar al fútbol, bueno, la actuación también. En la escala que sea, a nivel hobby, amateur, profesional, porque te distiende, porque te divierte, porque conoces gente, es una actividad muy medular y que si lo pensás siempre aparece, aunque no estés dentro de una clase de teatro. Si sabés mirar un poco, lo teatral emerge siempre, y en este momento la realidad, por supuesto que supera la ficción y hay cosas incluso, muy esperpénticas, paródicas que están pasando en nuestra sociedad, con lo cual la actuación, el montaje y la puesta en escena, está permanentemente. Lo vemos a nivel político también. Es parte de nuestra sociedad ficcionar, porque la ficción es un lenguaje en el que podemos expresar de otro modo las cosas que nos pasan. El ejemplo más claro es la música, que es más transversal a todos los sectores sociales, a todas las comunidades. Así como la música es un lenguaje que nos pertenece, el teatro también. Lo que pasa es que está ahí el pudor del cuerpo, y está incluso algo que se tramita en la obra, la domesticación del cuerpo. Como tenemos un cuerpo domesticado, ponerlo en otra situación física parece como de otro planeta, pero movés un poco el cuerpo y ya mirás el mundo de otro modo.

TESTOSTERONA

Dirección Lorena Vega |

Con Cristian Alarcón. Participación Tomás de Jesús

| Dramaturgia Lorena Vega y Cristian Alarcón

Los jueves de febrero y los lunes de marzo.

Teatro Astros

Las Cautivas en el Metropolitan (domingos, 18)

La vida extraordinaria en El Picadero (domingos, 21)

Precoz en El Picadero (solo jueves 29 de febrero, 21.45)