A veces, un buen libro funciona como el germen de una película. El productor Hernán Musaluppi le propuso a la cineasta Paula Hernández adaptar al cine la novela El viento que arrasa, de Selva Almada. La directora de Los sonámbulos y Las siamesas no la había leído. Cuando lo hizo, notó que tenía algo muy cinematográfico “por cómo está escrita, porque hay algo muy climático, pero no tiene una estructura”, según cuenta la realizadora del film homónimo que se estrena el jueves 21 de marzo. “Hay novelas que tienen una estructura de narración más clásica. Esta está muy fragmentada en el tiempo. De golpe, hay algo muy disruptivo”, analiza Hernández, quien reconoce que fue un material “muy atractivo, muy visual y muy sensorial”, pero que “había que encontrarle un relato que funcionara para el cine”. 

Esa fue la mayor duda: desde dónde contar y cómo contar. Hubo dos decisiones importantes desde el arranque. “Una era encontrar el punto de vista, que yo lo cambié. Y luego una cuestión que tenía que ver con la estructura temporal. La película está contada en un solo tiempo. Son pocos días, pero cuando sucede el encuentro entre todos los personajes es un día eterno, casi sin tiempo y sin espacio. Y esa situación también es diferente de la novela, que tenía toda una fragmentación con idas y venidas en el tiempo”, relata la cineasta.

En El viento que arrasa, Hernández narra los viajes que hacen un Reverendo (el chileno Alfredo Castro) y su hija Leni (Almudena González), quienes viven de manera nómade yendo de una punta a otra del país evangelizando y ayudando a la gente que lo necesita. Justo en uno de esos recorridos, el auto que utilizan para trasladarse sufre un desperfecto. Llegan a un taller mecánico y allí conocen al reparador de autos, el Gringo Brauer (el catalán Sergi López), totalmente descreído de la fe religiosa, y a su protegido adolescente, “el chango” Tapioca (Joaquín Acebo). Cuando el Reverendo se obsesiona con salvar el alma de Tapioca, el choque de creencias también será para Leni, que está viviendo un momento transformador en su adolescencia, al darse cuenta de que ha llegado el momento de tomar su destino en sus propias manos.

-¿Por qué decidiste contarla desde el punto de vista femenino?

-Por varias cuestiones. Venía trabajando temáticas que tenían que ver con la familia y los vínculos más que nada de las madres. Y acá aparecía el mundo masculino. Me parecía atractivo, en ese sentido, ver cómo una hija ve a su padre, cómo puede ver a otros hombres, cómo puede percibir distintos vínculos. Una chica que tiene una vida nómade, siempre al ritmo de su padre, donde no hay referentes femeninos o los que hay son los del mundo religioso al que pertenece. Ahí tiene algo epocal, toma algo que para mí tiene que ver con la mirada de las chicas más jóvenes, que vienen con un gran aprendizaje a cambiar la mirada de muchas de nosotras que, si bien siempre trabajamos por situaciones de paridad y muchas cosas que siempre se dieron por sentado de determinada forma, ellas tienen un pensamiento mucho más crítico y más libre. En ese sentido, me gustaba ver cómo contaba algo de este mundo. El mundo religioso también tiene algo manipulador y patriarcal. Al menos, este universo que estamos contando de cómo se transita esta historia y la vida de estos personajes.

-¿Se puede pensar a El viento que arrasa como una suerte de tríptico con Las siamesas y Los sonámbulos?

-Sí, aunque la película no fue generada así, pero cuando la pienso sí creo que hay algo de eso que tiene que ver con quiénes miran, cómo se cuenta el mundo de las mujeres, cómo se cuentan los vínculos de progenitores en relación a sus hijos, cómo esos hijos intentan encontrar su propio espacio y su propio decir, su propia mirada sobre el mundo, intentando correrse con mucha dificultad en las tres películas de lo que son estos mandatos. En ese sentido, puedo encontrar algo que las unifica y, en general, son historias encerradas emocionalmente y espacialmente.

-Endogámicas, ¿no?

-Tal cual, donde la dificultad de salir no es siempre tan fácil. Implica un gran esfuerzo a una situación traumática. Las salidas tienen que ver con eso.

-¿Por qué te interesa particularmente el universo de los vínculos?

-Es un misterio. No sé. Supongo que tiene que ver con muchas preguntas que uno no responde de la propia existencia o de situaciones que a uno lo rodean. Desde que empecé a dirigir, si bien son películas muy distintas las de la primera etapa a la segunda, siempre está esta cosa de quién es uno, y de cómo relacionarse con los otros. Es algo que tiene que ver con lo heredado y con lo que uno construye.

-En otra capa tiene que ver con las preguntas sobre la existencia humana, ¿no?

-Tal cual. Bueno, hay algo de la familia que es un poco una réplica de algo más grande, que tiene que ver con otras relaciones. Pero es algo que me atrajo desde siempre.

-¿El interés por explorar la idea de familia tiene que ver con que ahora está en crisis?

-La idea tradicional de familia cada vez más está en crisis. Tiene que ver con una revisión permanente no solo de la familia sino de infinidad de vínculos: de los lugares de los hombres, de las mujeres, de la sexualidad. Hay una revisión que es absolutamente liberadora y es positivo que exista. En este caso, son dos hombres que crían en soledad, donde no hay mujeres, pero esas mujeres igual están en la vida de estos chicos. Hay una marca y una huella. En todo caso, están contadas desde la ausencia. Y me pareció atractivo poder mirar a estos hombres, como también miraba a esas mujeres.

Religión y política

-En El viento que arrasa incorporaste el tema religioso. ¿Cuál era el atractivo que te despertaba esto, teniendo en cuenta que sos agnóstica?

-Nunca tuve formación religiosa ni fue algo que me haya despertado un interés después. Solo hubo un momento de chica que puedo recordar: de intentar cierta fe y cierta creencia. Me acuerdo que me adherí mucho unos meses a mi abuela, que era ciegamente católica, pero tuvo que ver con algo casi utilitario: mi mamá estaba muy enferma y, entonces, fue como agarrarme de eso. Como la idea de la creencia de encontrar algo que te sostenga lo recuerdo siendo muy chica, pero no era una situación que tuviera que ver con algo fomentado familiarmente. Cuando leí la novela, me permití ir un poco más allá de mi universo. Y alejándose un poco de uno, también uno, de alguna manera, empieza a estar más cerca de sí mismo. Encuentra otras aristas y otra forma de mirar el mundo. Y el mundo de estas nuevas religiones fue muy atractivo: por qué entraban tan fuerte en tantas comunidades, donde la necesidad muchas veces es fuerte, donde la ayuda estatal quizás no llega. ¿Quiénes llegan a esas situaciones? Llegan los narcos, llegan los religiosos... Me pareció un fenómeno muy interesante. Cuando empezamos a pensar la película, dijimos "Ubiquémosla en los 90, que es cuando el evangelismo y las nuevas religiones empezaron cooptar muchos lugares como estos: recónditos”. En este caso, era un viaje de un pastor. No me interesaba construir el Reverendo chanta cliché mediático, que tiene algo muy tentador de ir hacia ahí, sino pensar en alguien que podía distinguir entre lo que era una cuestión de fe y una cuestión que tiene que ver con la medicina u otro tipo de cuestiones, más allá de lo religioso. Así que fue un viaje interesante el sacudirme un montón de prejuicios, ponerme a leer, a investigar desde textos sociológicos o antropológicos hasta conversar con pastores y con creyentes. Traté de ver qué era la fe para mí y cómo eso podía trasladarse a este relato.

-¿Te propusiste no juzgar?

-Sí, yo sé que mis películas pueden hablar de distintas cuestiones. En el caso de Los sonámbulos hay una cuestión que tiene que ver con lo abusivo y lo intrafamiliar; en ésta, tiene que ver con la manipulación y también el peligro que también tienen esas religiones. Pero no me interesan las películas primero con la idea y después con la historia. Es mucho más interesante trabajar desde la sutileza y desde las cosas más íntimas, más pequeñas, dónde empiezan a ser permeables estos temas desde lo que estás contando. Así que no es bajar una línea, sino que cada uno saque sus conclusiones.

-¿Cuál es tu opinión sobre el nexo entre ciertos líderes religiosos y la política? Porque el pastor evangélico de El viento que arrasa no cae en el estereotipo…

-Nos pasó algo muy curioso: cuando empezamos a ver a distintos pastores evangélicos, eran muy diferentes también. Cada uno tenía una forma muy distinta. No fuimos puntualmente a una Iglesia tan grande, pero tienen diferentes formas de canalizar la religión. Lo que sí encontramos -y muy interesante- era que, si sacábamos el tema de Dios, con muchas situaciones la conversación era muy afable. El tema es que detrás de eso también vienen ideas muy conservadoras, patriarcales, ideas ligadas a la extrema derecha. No hay más que mirar el panorama latinoamericano -Brasil, por ejemplo-, es complejo porque llega la ayuda, pero detrás de eso llegan un montón de ideas que para mí son muy restrictivas en relación a los hombres, a las mujeres, a las vidas, en general.

-Si bien partiste desde una novela, el momento de la adolescencia vos lo viviste y lo mismo pasa con el público que vaya a ver la película ¿Crees que puede llegar a ser un elemento de identificación?

-Supongo que sí. La película cuenta este universo desde la mirada de Leni, que es la hija del pastor, pero también está la mirada de Tapioca, que es el otro chico, el hijo del mecánico. Y hay un momento interesante en la película cuando se los ve a ellos despojados de los padres pudiendo hablar de su presente y de su futuro, cuáles son sus deseos, cuáles son las preguntas en una edad muy puntual y muy de punto de giro que es la adolescencia, donde no existen las ideas morales, donde todo se empieza a cuestionar: los vínculos con los padres, quién es uno, cuáles son los deseos, qué es el presente, qué es lo moral, qué es lo ético. Esa infinidad de preguntas que producen esa gran crisis de crecimiento que es la adolescencia, está muy presente en la película. Tiene algo universal, en ese sentido. Está el mundo de los adolescentes, también está el mundo de los adultos en relación a cómo es criar, cómo uno puede marcar un camino, pero al mismo tiempo, poder dar libertad. Ese es el trabajo más difícil en el acompañamiento de un hijo. Un hijo no es algo que te pertenece. Es alguien a quien acompañás amorosamente en esa crianza y hay que estar muy a la altura para poder dejarlo ir en el buen sentido.

La situación del Incaa

-Esta película se pasó en el último Festival de Cine de Mar del Plata. ¿Cómo te resuena eso ahora que está en peligro su realización y el ataque del gobierno nacional al sector?

-La película arrancó en Toronto, siguió en San Sebastián, y en Mar del Plata era muy importante ver qué pasaba con la proyección. Hubo una expectativa hermosa, enorme y las tres funciones fueron muy lindas, como para sentir el termómetro de lo que quizás y ojalá pueda pasar ahora con la película. Estamos en un contexto dificilísimo para estrenar. Por momentos es una alegría y, al mismo tiempo, sentís que estás asistiendo a un velorio porque la realidad es que lo que está sucediendo es agotador, entre tristeza y enojo. Siento que hay mucha mala información de lo que implica el cine en la Argentina. Es más fácil tirar un titular diciendo "Esto se cierra y empiezan a comer los chicos, los jubilados a recibir su dinero", y nadie, en ese sentido, va a decir "Sigan haciendo películas". Hay tan mala información. Es estratégico transmitirlo de esa forma. Hoy por hoy, si uno lo pone en términos de números y de mercado, el cine es una industria que genera trabajo para muchísima gente, permite vínculos con otros países, permite la entrada de divisas. Hay algo que, en tal caso, hay que pensar cómo se mejora, pero para nada tiene que ver con este desguace y con este cierre tan brutal. No existe hacer películas en la Argentina si no hay una Ley de Cine que lo ampare, si no hay festivales como el de Mar del Plata y tantos otros festivales más pequeños pero que también permiten la difusión de las películas. No existe el cine argentino si no hay escuelas donde se puedan formar los directores y los técnicos, no existe el cine argentino si no hay una plataforma o un canal como Cine.ar, donde muchos proyectos puedan tener un espacio. No todas las películas van a los festivales. Hay una línea de películas, a las que eso les sucede, pero hay un montón de trabajo súper interesante que ocurre acá, y que no tiene posibilidades de subsistir. Estamos en un momento muy crítico, da mucha bronca y, además, es encontrarse con una pared de hierro, donde no hay ni siquiera posibilidad de diálogo para tratar de encontrar un punto de negociación hacia donde tenemos que ir. Siento que es muy raro estrenar en este contexto. Por un lado, en lo personal es una alegría, el cierre de un ciclo, pero no solo tenés que batallar con las salas, con si te mantienen o no la película sino con un país que se cae a cachos.

El viento que arrasa.

La ópera prima de Paula Hernánez, Herencia, se estrenó en 2002. En ella, Peter, un joven alemán de 24 años, viajaba a Buenos Aires buscando un amor perdido en su adolescencia y conocía a Olinda, una italiana dueña de un restaurante, que llegó después de la Segunda Guerra Mundial, buscando un amor al que nunca encontró. El film tuvo su estreno en un año convulsionado tras la hecatombe del 2001. ¿El cine argentino está en una situación similar a aquel año o ve un peligro aun mayor ahora? "El 2001 fue un momento que veníamos del Nuevo Cine Argentino, la apertura de las escuelas, el Bafici, un montón de festivales. Fue un momento de un gran crecimiento unos años antes y toda la situación del 2001 y la crisis fue un palazo", dice la directora sin dejar de mencionar que su caso fue muy extraño por lo que sucedió. 

"Esa película fue casi como la luz dentro de la tormenta. Me preguntaba quién iba a ir a ver una película donde se hablaba de la argentinidad y de quedarse y tener un lugar, y de alguien que decidía habitar esta tierra, cuando todo el mundo quería irse de este país. Eso mismo hizo que la película tuviera una chispa de esperanza. Y funcionó muy bien", sostiene Hernández. Reconoce que el cine argentino a lo largo de todos estos años "ha encontrado una madurez espectacular y por supuesto hay olas y años y años, pero no hay más que ver el nivel de reconocimiento que tiene cuando estás afuera en un festival". "En cada edición de los festivales, uno encuentra películas que tienen un peso y que son diversas, que salen de esquemas de producción diferentes, de narradores muy distintos y en la cinematografía mundial eso tiene un valor. El cine argentino permanentemente está lidiando con la coyuntura", explica.

-¿A qué atribuís el ataque tan virulento del gobierno nacional a la cultura?

-Yo creo que es ideológico. Hay un desinterés fundamental.

-Económico no es…

 

-No. El cine es una industria. Hay más de un ejemplo de que esto sí funciona. En tal caso, tenés que ver lo que no funciona y ver la forma de optimizarlo, no cerrarlo o desfinanciarlo como están haciendo. Por un lado, es ideológico: qué interés tiene la derecha en la cultura, en la ciencia, en determinadas cosas en las que se está poniendo el foco, pero al mismo tiempo, me parece que son cosas distractivas para meter otras cosas, que tienen que ver con vender el país.